“Por eso nos afectan tanto los recuerdos, las fechas, los días

de cumpleaños, los nacimientos y las despedidas.

Algo de nosotros se queda en los calendarios sin uso,

tal vez para continuar aquella tradición temprana

de coleccionar tarjetas postales.”

Carlos Giménez



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Carlos Giménez y la Dirección y Producción de la Gala Artística en la Primera Cumbre Iberoamericana de Presidentes, México 1991: "El día que Juan Gabriel se lució ante un grupo de mandatarios", Aquilino José Mata, El Diario de Caracas, 30/08/2016





Entre los asistentes estaba el rey Juan Carlos de Borbón, Fidel Castro y Carlos Andrés Pérez entre otros. El Divo alternó con Serrat, Gal Costa, Susana Rinaldi, la Negra Grande de Colombia, Amalia Rodrigues y Tania Libertad. El final de fiesta sorprendió a todos.








Por  iniciativa de los gobiernos de España, México y Brasil, en el marco de la conmemoración de los 500 años del primer viaje de Cristóbal Colón a América, fue convocada la I Cumbre Iberoamericana, como encuentro para incrementar la cooperación entre las naciones de Latinoamérica, España y Portugal.
El encuentro tuvo lugar en la ciudad mexicana de Guadalajara los días 18 y 19 de julio de 1991, con asistencia de los presidentes y jefes de estado de todos los países convocados y del entonces rey de España, Juan Carlos de Borbón.
No todo fue análisis y discusión política. Al finalizar las deliberaciones del primer día, todos los mandatarios y miembros de sus delegaciones se dirigieron al Teatro Degollado, un edificio de mediados del siglo XIX, en el cual se ofreció un concierto de música popular con el acompañamiento de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara y los cantos del español Joan Manuel Serrat, la portuguesa Amalia Rodrigues, la brasilera Gal Costa, la argentina Susana Rinaldi, La Negra Grande de Colombia, la peruana Tania Libertad y el mexicano Juan Gabriel. La prensa no tuvo acceso al espectáculo pero tuve el privilegio de asistir por invitación de su productor y artífice de la puesta en escena, Carlos Giménez, director del grupo Rajatabla, a quien se le encomendó esa tarea en representación de Venezuela.
Llegué a Guadalajara un día antes del concierto, por lo que también pude ir al último ensayo, donde todo salió bien, salvo que se eliminó de la escenografía una carabela que aparecía al fondo, por sugerencia de uno de los organizadores por México, que lo consideraba un “símbolo colonial”.
Giménez, por su parte, decidió prescindir del Orfeón de Guadalajara, pues su estilo no se ajustaba al sentido que le había imprimido al montaje, donde cada artista interpretaría únicamente una sola canción, para que no fuera tan largo.
En un amplio palco del balcón, frente al escenario, fueron ubicados los presidentes y jefes de estado. Allí estaba el anfitrión, Carlos Salinas de Gortari (México), junto a Alberto Fujimori (Perú), Alfredo Cristiani (El Salvador), Carlos Andrés Pérez (Venezuela), Carlos Menem (Argentina), César Gaviria (Colombia), Felipe González (España), Fernando Collor de Mello (Brasil), Violeta Chamorro (Nicaragua), Fidel Castro (Cuba), Guillermo Endara (Panamá), Jaime Paz Zamora (Bolivia), Joaquín Balaguer (República Dominicana), Jorge Serrano Elías (Guatemala), Juan Carlos de Borbón (rey de España), Luis Alberto Lacalle (Uruguay), Mario Soares (Portugal), Patricio Aylwin (Chile), Rafael Ángel Calderón (Costa Rica), Rafael Elías Callejas (Honduras) y Rodrigo Borja (Ecuador).
Fue un espectáculo sobriamente medido, aunque no por ello menos atractivo y lleno de emotividad. Confieso que hasta entonces nunca había visto a Susana Rinaldi, de quien me conmovió su interpretación del tango “El último café”, acompañada al piano por Juan Esteban Cuacci, su esposo. Ambos aparecieron, desde un lateral del escenario, en una plataforma rodante. Ella lucía como una reina con aquel traje blanco, largo y vaporoso, y peinada al estilo Eva Perón. ¡Qué clase de artista! Esta apertura marcó la pauta de la excelencia de lo que veríamos después.
Serrat cautivó con “Cantares”, una de sus cartas de presentación; Gal Costa, regia como siempre, cantó un bossa nova respaldada musicalmente por un virtuoso guitarrista; Amalia Rodrigues, a su avanzada edad y casi ciega, acaparó nutridas y efusivas ovaciones con su personalidad carismática y su voz dulce y prodigiosa al interpretar su emblemática “Lisboa antigua”, mientras La Negra Grande inundó el recinto con un lamento de raíces africanas de la costa colombiana y Tania Libertad llevó el sonido de su Perú natal en clave de nueva canción.
Hasta allí la atmósfera predominante fue de absoluta intimidad, de canciones sentimentales revestidas de poesía. Hasta que llegó Juan Gabriel y transformó la tranquila velada en un show.
Para empezar, salió con su propio grupo musical, lo que le permitió saltarse a la torera, sin permiso y con su habitual desparpajo, la norma establecida de cantar una sola canción. Pues bien, el más famoso cantautor mexicano, quizás consciente de su carisma y arrastre, decidió hacer un popurrí de sus éxitos que, hay que decirlo, provocó inicialmente cierto desconcierto entre la atípica audiencia de diplomáticos y funcionarios públicos de alto nivel, para relajar la tranquilidad reinante y convertir la sala del Teatro Degollado en una fiesta, mejor dicho, en un fin de fiesta que animó hasta a los más indiferentes.
Particularmente disfruté de dos espectáculos: el del Divo de Juárez desatado en escena y el que había en el palco de los presidentes, del cual tenía una vista privilegiada en mi espectro visual. Salinas de Gortari y Fidel Castro, totalmente abstraídos de lo que ocurría, conversaban como si nada; Violeta Chamorro sonreía y batía palmas, Carlos Andrés Pérez hacía lo propio, pero más mesuradamente y el rey Juan Carlos tenía cara de como que no podía creer aquel intempestivo desenlace, que terminó con una ovación que, sin ser desmesurada -quizás por aquello de “guardar las apariencias”-, sí resultó un indicativo de que Juan Gabriel, como siempre solía ocurrir cada vez que desplegaba su desbordante energía en sus espectáculo, terminaba metiéndose a todos en el bolsillo.
Siempre recordaré aquel momento como algo muy especial. Y todo gracias a Carlos Giménez, quien al invitarme me dijo que no podía perderme de algo semejante. No solamente movió mi interés, sino que se quedó corto en sus apreciaciones previas en torno al espectáculo que preparaba y que, gracias al recientemente fallecido Juan Gabriel, tuvo un toque de pimienta, que le dio aún mayor atractivo y singularidad.

Aquilino José Mata
El Diario de Caracas
  30/08/2016


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