Carlos Giménez, Norma Aleandro y Marta Candia, Caracas. Fuente: Marta Candia |
Carlos
fue uno de los hombres más extraordinarios que he conocido en mi vida. Cuando
Carlos aparecía en los ambientes en donde yo me encontraba, aun sin hablar, era
de un impacto impresionante. Su personalidad era avasallante. Tenía una firmeza
en todo lo que hacía. Al hablar, su estatura humana crecía aún más poderosamente.
Su léxico rápido pero diáfano, era absolutamente comprensible. No le sobraban
las palabras, era justo y preciso con sus ideas.
Ciertamente,
Carlos se convirtió en el hombre más poderoso de la cultura y en lo particular,
en el mundo teatral nacional e internacional. Su más grande poder radicaba
esencialmente en su identidad como artista auténtico. Veía al teatro en su más
estricto sentido de cómo es: un arte
Pero
con el poder Carlos no se transformó en nada que no fuera Carlos
Giménez, era un ser especialísimo, único. Parecía un ser de otro mundo con un
espíritu indomable. No sé quién lo dijo alguna vez, me parece… mejor no me
aventuro a decir quien lo dijo: “Con el Rajatabla la historia del
teatro venezolano se dividió en dos partes, el antes y el después”.
Yo
corrijo la expresión, aunque es buena en gran parte: No fue el Rajatabla quien
merecía este calificativo, fue Carlos Giménez y su incuestionable proceso
creador, que le dio una dimensión distinta al fenómeno teatral nacional. En
los grupos y/o compañías teatrales, los que marcan su destino, su estilo y su
desarrollo, son sus directores o conductores con su personalidad artística.
Carlos
era un gerente cultural muy calificado, si bien es cierto que recibió recursos
institucionales, estos no iban más allá de lo que otros se adjudicaban.
Lo
que sí es claro que, con lo que recibía Carlos por este concepto no hubiera
podido, en modo alguno, emprender las producciones de gran factura llevadas
adelante por el Rajatabla. Por tanto, su mayor fuerza financiera provenía de
las empresas privadas en donde él se movía con enorme facilidad. Era muy diligente y perseverante. Todo lo que
pudo lograr en apoyo financiero fue bien retribuido con su trabajo teatral,
profesionalidad, tenacidad y gran calidad artística demostrada tanto a nivel
nacional como internacional, lo que permitió que se le abrieran muchas puertas.
Seguramente
fue su capacidad innata lo que muchos envidiaron, provocando reacciones
hostiles. Fue muy duro para él, terrible fueron las envestidas. La fiereza
egoísta no tenía contemplaciones con su trabajo y gestión. Pero te diré algo,
él nunca me refirió sobre estos asuntos, prefería avanzar sobre lo que había
que hacer y no perder el tiempo en estos vergonzosos comportamientos.
Yo admiraba su garra, su pasión,
su capacidad de riesgo, su emprendimiento. No le temía a la equivocación y sí
le molestaba la falta de decisión de sus allegados. Le escuché alguna vez
decir: “Una de las cosas que padece nuestro teatro es la falta de
asumir el riesgo, así se equivoquen”.
En
algún momento te dije que Carlos era un visionario y si no lo era, sabía muy
bien el curso que debían tomar las cosas en nuestro teatro en el futuro.
Él
buscaba vincular el trabajo de los teatros independientes del país con los del
teatro colombiano, había que seguir las pisadas de ellos y los del teatro
latinoamericano. Hay necesidad de revisar cómo Carlos, junto a Fanny Mickey,
Presidenta del Festival Iberoamericano de Bogotá, logran establecer un correaje
de vínculos fraternos y operacional con el Festival Internacional de
Teatro de Caracas. Esto es una gran historia pendiente por desarrollar en algún
momento.
Carlos
visualizó con claridad que el verdadero teatro venezolano estaba naciendo en el
interior del país y mostraba las posibilidades de establecer un vínculo
magnífico con el nuevo teatro y el movimiento teatral independiente del resto
de Latinoamérica.
Carlos
hizo muchísimo por el teatro de provincia. Pero esto se queda corto para
lo que realmente quería alcanzar. No era un asunto de dinero y egos inflados,
era básicamente educación, solidaridad, hermandad, pasión, riesgo, entrega,
vocación, compartir y el servicio por amor al arte teatral.
A
mi amigo y colega no le alcanzó el tiempo para el inmenso propósito que tenía.
Hay historias que la miseria humana quiere ocultar, pero por alguna rendija
fluirá al conocimiento del mundo y lo que hacen ustedes, justo ahora, sea en
definitiva ese el camino.
Su amor por el teatro de provincia era enorme,
le gustaban las localidades apartadas de las grandes ciudades. Caminaba en
silencio por las poblaciones del interior del país. En nuestro caso, eran muy
frecuentes sus visitas a Tovar y Bailadores, en el estado Mérida, en donde
platicábamos sobre el teatro nacional aprovechando de comer helados con fresas.
Han
pasado muchos años de su partida y no ha surgido, aún, una sola figura de tan
alta estatura como la de Carlos Giménez en nuestro teatro. A nuestro teatro se lo
tragó la oscuridad.
Carlos daba la sensación que manejaba el futuro en sus manos y lidiaba con él, en nuestro tiempo presente. Este hombre parecía saber que su tiempo le era corto. Todo era para ahora, ya, sin pérdida de tiempo y bien pensado.
Mérida, Venezuela, 18 de octubre de 2018
Director venezolano. Fundador del Festival Internacional de Teatro
de Los Andes (Mérida, Venezuela) y de El Theatrón Centro Dramático.
Fragmento de la biografía Carlos Giménez el genio irreverente (2023) de Viviana Marcela Iriart, Ed. Escritoras Unidas & Cía. Editoras