“Por eso nos afectan tanto los recuerdos, las fechas, los días

de cumpleaños, los nacimientos y las despedidas.

Algo de nosotros se queda en los calendarios sin uso,

tal vez para continuar aquella tradición temprana

de coleccionar tarjetas postales.”

Carlos Giménez



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Carlos Giménez.... el ser teatro y el hacer teatro / por Félix Esteves, Caracas, 12 de abril de 2012





Hace poco se realizo el Festival Internacional de Teatro de Caracas (del 29 de marzo al 8 de abril del 2012), y comentando sobre la labor del Ateneo de Caracas y el esfuerzo que se ha hecho por mantener la tradición teatral que nos dejo Carlos Giménez, una de las personas - muy joven por cierto- que estaba en la conversación pregunto inocentemente ¿quién es Carlos Giménez? Todos nos quedamos mirando a la chica que pronuncio aquellas palabras como con ganas de fulminarla en ese mismo instante, inmediatamente ella se dio cuenta de su error y pidió disculpas, pero entre risas de indignación y asombro le explicamos quién era Carlos… Carlos Giménez el del “Rajatabla”, el Carlos Giménez fundador del Festival Internacional de Caracas, Carlos Giménez el de los grandes montajes teatrales… y tantas otras cosas buenas… Sólo puedo repetir lo ya dicho, lo ya escrito, lo ya hablado. No obstante desde aquí les dejo una pequeña reseña de ese hombre de Teatro y Gerente Cultural que puso a Venezuela en la vanguardia de la escena mundial y que con su personal estética cautivo a todos los públicos donde se presentaba su trabajo, y porque no podemos olvidar a Carlos y la construcción de su sueño: Una Venezuela Mejor… Un Mundo Mejor.

Carlos Giménez nace en Rosario, Argentina en 1946, aunque su infancia la pasa en Córdoba, desde muy temprana edad se inclina por la escena e inicia su periplo teatral en el Seminario del Arte Dramático de Córdoba, recién graduado no se puede permitir esperar, tiene demasiadas ideas en su cabeza y decide formar su propio grupo teatral. Se marcha a Europa, Carlos sabía que necesitaba ver mundo, rodearse de los grandes para aprender y dar cuerpo a sus ideas y pensamientos, así en la vieja Europa se codea y vincula con grandes grupos teatrales, en España se vincula con la cátedra Tirso de Molina de Madrid y en Italia  a la Universidad de Nápoles y al trabajo de Giorgio Strehler, sin embargo, Carlos no copia, los asimila y los digiere y de ese proceso de alimentar el alma y la mente encuentra su estética, su forma de ser teatro, especialmente de Strehler toma la forma de gerenciar el Teatro como institución.

El joven cordobés regresa a su terruño lleno de nuevos conceptos y propuestas, pleno de esperanzas, e irrumpe la escena cordobesa mostrando su poético mundo, poblado de vanguardia, rebeldía pero sobre todo con una gran mística al trabajo y al querer hacer bien las cosas. Rápidamente con solo tres montajes, “La Querida Familia”  de textos de Ionesco, “Picnic en el campo de batalla” de Fernando Arrabal y “Los Amores de Don Perlimplin y Belisa en su jardín” de Federico García Lorca, Giménez se hace notar fuertemente no solo en su ciudad, sus ecos llegan hasta Buenos Aires, donde la forma de hacer teatro seguía los lineamientos clásicos.

En el 65 y con apenas 19 años con su grupo teatral “El Juglar” se presenta en el Primer Festival de Teatro de Nancy, Francia. Luego viajan a Polonia donde el grupo comparte la Mención de Honor con Alemania Oriental en Varsovia y obtiene el Primer Premio en Cracovia. Más tarde, con el mismo grupo que había ido a Europa, tras escribir títulos como “El día que llovió para siempre” (la primera vez que haría llover sobre la escena), “Encuentro para una sola voz” (con la primera actriz Norma Aleandro), entre otras.

Pero a pesar de sus premios y reconocimientos internacionales, Buenos Aires sigue indiferente, actitud que no hace mella en el espíritu de Carlos, en Córdoba crea el Primer Festival Nacional de Teatro.  Carlos Giménez junto con otros directores forma la vanguardia teatral argentina y todo desde la provincia de Córdoba:

“Si consideramos desde el llamado teatro de los 60 y 70, aun cuando la periodización por décadas resulte arbitraria, hasta el Golpe Militar del 76, encontramos un período  de  gran  efervescencia  dominada  por  la visión  de  respetados adalides: Juan  Aznar  Campos, Jorge Magmar, Domingo Lo Giudice, el adolescente prodigio Carlos Giménez y otros, lo que dio lugar a la aparición de importantes puestas cuyos directores adquieren  gran  nombradía”…[1]

En 1967, aunque parece no creíble, Carlos es excluido del Festival de Teatro de Córdoba, ese mismo que él creó, pero la represión política de su país no acepta las nuevas formas y maneras de hacer cultura, el ideal rebelde del joven Carlos hace sangrar a los retrogradas que ven en él a un enemigo de la escena, pero principalmente a un enemigo político, las ideas de Carlos eran más parecidas al pensamiento juvenil revolucionario que un año después se abrirían paso en Francia y en toda Europa, y dos años más tarde en la propia Córdoba y su histórico “Cordobazo”, pero ya Carlos estaba en otras tierras.

Don Mendo.
Pero antes de su partida y casi por arte de magia con sólo veinte días de ensayo pone en escena una “Fuenteovejuna” poderosa y subversiva que no pasa inadvertida por los dirigentes culturales reaccionarios y los “milicos”.  Carlos tiene que partir como partieron muchos grandes intelectuales argentinos. Carlos empieza un viaje por tierra desde Córdoba hacia el norte, recorriendo infinidades de pueblos indígenas y ciudades latinoamericanas, ocho meses donde recorre Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia, en el noveno mes llega a Venezuela, un país pujante y rico, lleno de petróleo y los dólares que ello significaba, un país que recibía con los brazos abiertos a todos aquellos que como Carlos querían echar raíces y emprender nuevas aventuras e ideales: El Ateneo de Caracas en mano de María Teresa Castillo le abraza y le da las herramientas para que explote su genio, su increíble talento, y desde la tierra de Bolívar proyecta su arte hacia toda Latinoamérica y el mundo. 

“Casi todos los grandes directores mencionados empiezan a buscar prolongar sus carreras en el extranjero, sino lo habían hecho ya, en una mezcla de desengaño profesional y semi-exilio como lo había hecho Giménez, luego de su exitosa pero subversiva puesta de Fuenteovejuna, armada en sólo veinte días con la Comedia Cordobesa, cuando es golpeado en la Central de Policía y su suerte queda cifrada con implacable  matemática: debía  marcharse. Luego  los petrodólares venezolanos dan pista a la luminosa inteligencia de este gerente-artista excepcional, como pocas veces podrá verse otra vez por  estos lares y que  producirá  en  la  consecución  de  su  camino, una  revolución  en  el  teatro venezolano, apoyado inestimablemente desde el Ateneo de Caracas por esa Victoria Ocampo de aquel fuera María Teresa Castillo, esposa del escritor Miguel Otero Silva, una pareja relacionada con los intelectuales y artistas progresistas de  todo  el  sub-continente. Aún  a  la  distancia, Giménez, el Rimbaud latinoamericano, seguirá proyectando su influjo hacia nuestro teatro.”[2]

“Rebelde” e “izquierdista” llega Carlos a Caracas, no podía ser de otra manera, en aquel entonces la juventud y los sueños juveniles venían cargados de cambios, con las ganas de liar los bártulos del mundo, como esa rebelión juvenil que nació con Thoreau y los Whitman en el siglo XIX; de esa revolución de muchachos “Bohemios” y los “Anti-Babbitt”[3]  que lucharon contra el conformismo, la impericia y la incapacidad de los años 20; de los revoltosos de la Generación Beat[4] de los 50 con Jack Kerouac y Allen Ginsberg; de las revoluciones y rebeliones juveniles de los sesenta que se dieron en todo el mundo y que tuvieron su mayor representación en Paris, en Columbia, Berkeley y San Francisco[5]; pero Carlos era eso y más, en su cabeza rondaban ideas y sueños inimaginables, imposibles de realizar, no obstante el pudo.

Esos sueños fueron recibidos con los brazos abiertos en Caracas, inteligentemente María Teresa Castillo y el Ateneo de Caracas vieron en el joven Carlos la manera y la forma de que Venezuela entrara a la vanguardia mundial, el curriculum de Carlos y su fama bien merecida así lo anunciaba. Carlos Giménez fue invitado a dar un curso de formación teatral de dos meses y en ese ínterin  Horacio Peterson le convida a dirigir “Cementerio de automóviles” de Arrabal, pero Carlos en un acto de “buena rebeldía” decide montar “La Orgía” de Enrique Buenaventura. “La Orgia” como su nombre lo indica, causo un revuelo en Caracas, los jóvenes ávidos de nuevos lenguajes artísticos colmaron la sala, se corría la voz en Caracas de un nuevo montaje jamás visto, una nueva forma de ser teatro y hacer teatro, no obstante los círculos conservadores y de poder de la capital pegaron “el grito al cielo y a todos los santos” y la obra fue suspendida - a pesar de su éxito con sólo una semana en cartelera - debido a las amenazas que recibieron  el ateneo de Caracas y el montaje por el gobierno de Rafael Caldera, tal como lo indica la siguiente cita:

… “la cual fue suspendida ante la amenaza del nuevo Gobierno Nacional del doctor Rafael Caldera y de otros sectores muy influyentes para aquel entonces en el país: ‘En los días que corren el Teatro del Ateneo de Caracas está siendo escenario del más bochornoso espectáculo de pornografía que hubiera podido concebirse’, rezaba un aviso de la Asociación Católica publicado en los diarios capitalinos.”[6]

“La orgía” se convirtió de inmediato en un clásico de Giménez, mostrando con violencia visual y lenguaje “esperpéntico” los problemas políticos que en ese entonces tocaban muy de cerca al público que fue a verla, deliberadamente escandalizándolo, no obstante Carlos se ganaba el público venezolano, a los jóvenes y a esa élite caraqueña que deseaba ver Teatro nuevo y del bueno. “La Orgia” en su montaje era una obra simbolista que denunciaba a todos los niveles la corrupción imperante, como lo afirma Gloria Pazos en su artículo “Rajatabla, presencia y significación”:

“La puesta en escena de La orgía está cargada de símbolos y denuncias a nivel social, político y religioso. Es una denuncia a la corrupción en América Latina y es también un poco el tema en boga en el teatro latinoamericano que comienza a perfilarse en el mundo como un teatro político muy particular.”[7]

Luego de la suspensión de La orgía, “Carlitos”, como le decían sus amigos y allegados, vuelve a Córdoba hasta que el Ateneo de Caracas, en la voz del director del diario El Nacional y escritor Miguel Otero Silva lo invita a dirigir una versión de “Don Mendo”, volviendo a Caracas esta vez para siempre. En 1971, Carlos Giménez dirigió Don Mendo, obteniendo un éxito rotundo y la obra dura varios meses en cartelera. “Don Mendo” fue un éxito, pero especialmente en el público elitista de Caracas y los conservadores; pero ese no era el propósito de Carlos, él se había hecho la idea del teatro como espectáculo público y no exclusivo, diferente de lo que veía en el público que atendió a su obra en Caracas, por lo tanto su nueva obra fue concebida a un público más amplio, y  lleva a escena un poemario del estudiante brasileño, Antonio Miranda, “Tu país está feliz”, musicalizado por Xulio Formoso, utilizando como actores adolescentes del liceo Gustavo Herrera, compañeros de Formoso, muchachos de cabellos largos, hippies, con sus jeanes  rotos, irreverentes en el caminar y en sus miradas, muchachos que como él deseaban un cambio, pero que además nunca habían pisado un escenario teatral. Nace así entre los artistas de siempre de Carlos Giménez y el grupo juvenil de estudiantes del Gustavo Herrera y otros tantos jóvenes entusiasta que Carlos forma el “Rajatabla”.

Tu país está feliz.
“Tu país está feliz” se estrenó el 28 de febrero, pero en la proximidad del estreno, Carlos les exigió a sus actores que apareciesen desnudos en escena, justificando el texto, creando una crisis en el grupo, no obstante los noveles actores acataron la orden.  En el estreno estuvieron presentes los padres y hermanos, los vecinos, las novias, los novios y los profesores del Liceo Gustavo Herrera, además de toda la gente que quería ver la nueva obra del “L’enfant terrible” del Ateneo de Caracas.  La obra fue un rotundo éxito, Caracas se volcó al teatro y llegó público de todas partes de la nación para ver “Tu país está feliz”, inclusive la obra llegó a otras latitudes obteniendo grandes éxitos y reconocimiento por parte de la crítica especializada:

“Y Carlos exigía desnudos completos, de frente, sin encogimientos, con luces, durante varios minutos. El estreno fue un éxito, de público y de crítica. Permaneció meses y meses en cartelera, viajó por los teatros del interior y países de la región, llegando a ser vencedor del festival de Puerto Rico.”[8]

Pero la obra resulto ser un categórico éxito, no sólo por los desnudos,  “Tu país está feliz” fue todo un suceso porque reflejaba a través de un lenguaje distinto a la Venezuela saudita y derrochadora de aquel entonces, que se veía feliz y en gran progreso, aunque interiormente se convertía en un basurero por la descomposición social. El mismo Carlos Giménez diría de la obra:

“La poesía de Antonio Miranda inmensamente rica en la lectura, se agiganta y crece al ser ‘dicha’ y cantada.  Y es que aparentemente el poemario es el encuentro del poeta con sus fantasmas de siempre: la soledad, los amigos que se fueron, la miseria como inseparable compañera, etc.  Pero ‘TU PAIS ESTA FELIZ’ es por sobre todas las cosas un violento y maravilloso grito de rebeldía, de sangre joven y útil, dispuesta a la lucha, a la batalla diaria y consecutiva por seguir creyendo cada día en el día que viene.  Es comprensible (justo) entonces que este grito se haga canto y sumen a él las voces de jóvenes que sienten al teatro y al arte como ‘un acto de amor’.”
“Intentamos con el montaje de TU PAIS ESTA FELIZ afianzarnos en la fuerza del lenguaje; surgir de la palabra hacia la emoción y la fantasía.  Por ello la puesta en escena es simple y modesta: porque sólo pretende ser la humilde compañera de una poesía vigorosa.”
“Grata oportunidad ésta, de habitar un escenario a través de la poesía.  De una poesía que es ‘amor comprometido, traducido en exigencias y duras penas, verbo metálico blandido, clamando al despertar de tu conciencia’.  Poesía en búsqueda de la perfección, nutrida por la miseria, perseguidora de esperanzas, tiene su mayor mérito en cuestionarse por sí sola y en salvarse por sí misma.”[9]

Rajatabla se convirtió desde el primer día de su aparición en un foco de actividad escénica y teatral insurgente, rebelde, contestatario y provocador que perturbo y trastorno el vetusto y reaccionario mundo teatral venezolano, Carlos Giménez y su Rajatabla originaron dos bandos, primeramente el que los amaba y los seguía a todos lados, y el segundo, aquellos que lo malversaban, lo odiaban, pero aún así no se perdían un estreno de la agrupación, era inevitable, a Carlos y a su agrupación había que verlos, ya se nos era necesario.  Pero quizás el aporte más importante de Giménez en aquel entonces fue que trajo al escenario y a sus butacas un público joven, Carlos hizo a la juventud venezolana los protagonistas de sus obras y al mismo tiempo en sus más fanáticos espectadores. Por otra parte, el teatro nacional estaba lleno de “fantasmas”, de un pasado reaccionario, retrograda y apostólico, Carlos convirtió las tablas en un vehículo que promulgaba un cambio, que amparaba y defendía los ideales juveniles de aquel entonces:

“Resulta mucho más justo decir que el más esencial aporte de Rajatabla, liderizada por Jiménez, a la cultura escénica venezolana de la época, fue el de llevar a la juventud al protagonismo del hecho teatral, al mismo tiempo que encaminaba ese teatro hacia una posición inequívocamente contestataria, respaldando una acción política en la cual estaba involucrada la porción más pura de la gente de este país…de esa generación creyente –casi con la fe del carbonero– en una revolución venezolana puesta “a la vuelta de la esquina”, podrá decirse cualquier cosa, menos que se involucró en ese proyecto animada por motivos bastardos”[10]

Carlos monta otra obra, “Venezuela tuya” en 1971, basado en textos del escritor Luis Britto García y sería a la par de “Tu país está feliz” en una crítica a la sociedad venezolana. Así seguirían muchas obras, y con Rajatabla, Carlos Giménez lograría acaparar el interés de la juventud venezolana en el teatro y en los años sucesivos montaría con gran éxito diferentes obras, convirtiéndose en la primera compañía teatral del país. En 1974 monta “Fiebre” de Miguel Otero Silva. En 1976, el grupo Rajatabla se había profesionalizado y tenía su propia sala. En el 76 “Divinas palabras” de Valle Inclán es montada por Carlos y su agrupación, y “El señor presidente” de Miguel Ángel Asturias, es estrenada el 3 de marzo de 1977.

“El señor presidente” es un éxito rotundo que alza a Giménez como uno de los mejores directores teatrales de todo el mundo; Carlos y Rajatabla son solicitados por los empresarios internacionales que desean que su arte se presente en los diferentes teatros internacionales. La agrupación es invitada para participar en el Festival de Teatro de las Naciones a celebrarse en Nancy. La gira se inicia en Rótterdam, le sigue Estocolmo y Roma. Al regresar a Venezuela Rajatabla ya se consideraba uno de los mejores grupos de teatro del mundo y a “El señor presidente” como un clásico del teatro latinoamericano.

Martí. La palabra.
En 1978 monta “El Candidato” y el año siguiente “La muerte de García Lorca”. En 1982 crea “Martí, la palabra” en un montaje intimista y  nostálgico, ese mismo año estrenó, “Bolívar”, junto a Juan Carlos Núñez basada en una pieza de José Antonio Rial con treinta actores en escena en Maracaibo. Con “Bolívar” recorre por seis meses el mundo por festivales internacionales.

En 1985 Rajatabla y Carlos realizan “La honesta persona de Sheshuang” y “La vida es sueño” en 1986. “Macbeth” en 1984, “Historia de un Caballo” en 1986, “Casas Muertas” en 1987, “La Celestina” en 1988, “El Coronel no tiene quien le escriba” en 1989 y “Peer Gynt” en 1991. Desde sus  inicios hasta 1991 quizás el propósito primario de Carlós es hacer un teatro de denuncia, de crítica al stableshiment, el gran tema es el poder y como este ha existido y ejercido su opresión en los diferentes períodos históricos.

Carlos Giménez abordó con libertad una gran cantidad de obras, que sin importar el tiempo o autores, teniendo como única intención  reflejar poéticamente la realidad, el mismo Carlos decía:

"que el principio básico es que el teatro debe intentar interpretar y poetizar la vida, no copiarla. Poetizar la vida desde el escenario quiere decir extractar los temas que son importantes para el hombre y hacerlos ver desde una perspectiva del arte”… “Nosotros intentamos interpretar la vida y sobre todo trabajar con ciertos signos que determinan la permanente traslación de la geografía teatral sobre el escenario”… “Sentimos también una necesidad imperiosa de relacionar, de manera cruel si se quiere, el tiempo y el espacio, porque el espacio es para nosotros una geografía definida”… “En cambio, el tiempo es una mentira, una ficción; este momento que vivimos ya pasó, nosotros somos el pasado de los que van a nacer mañana”…[11]

Pero Carlos Giménez le interesó mucho más los problemas estéticos, los efectos y el gran espectáculo, no porque el contenido ético de las obras no sea más importante, sino que a través del lenguaje estético, los efectos y la espectacularidad pudo llevar y llegar mejor el mensaje de la obra. Para Carlos la creación dramática estuvo en conjunción a los intereses de la puesta en escena, es decir su teatro fue concebido para la forma y a través de ella llegar al público y entregarle el mensaje.

Esta desintegración se hizo más patente en la proporción actores-puesta en escena en la que se observo dos planos muy disímiles: la puesta en escena integrada al espacio seleccionado para el montaje y la actuación en un segundo plano. Y es que el elemento visual como lenguaje le permitió a Carlos Giménez que sus obras  fueran entendibles y comprensibles, a pesar de su simbolismo y su intelectualidad, por los diferentes sectores, el mensaje llegaba igual a un obrero que a un diplomático, a un estudiante de bachillerato que a un teólogo, además que sin importar el país que se presentara Carlos se hacía entender  aunque el público fuera chino, inglés o francés, u otro idioma diferente al castellano.

De igual manera para Carlos el público era parte del espectáculo teatral, le gustó integrar al espectador a sus obras y experimentar espacios escénicos en favor de una relación más inmediata entre público y el espectáculo. Ciertamente, al colocar el público en el mismo lugar que los actores, como ocurrió en “Señor Presidente” y “La muerte de García Lorca”, entre otras fue una manera de que los concurrentes fueran parte del escenario o del espectáculo teatral.

La Celestina.
En casi todos los montajes de Carlos, existe una relación física entre público y obra, su intención era que los espectadores captaran más rápido las diferentes expresiones de los actores; pero la preocupación de Carlos de incluir al público en el espectáculo no se limitaba a una relación espacial física; se valía de la luz, las texturas, el poder del color, y las imágenes visuales de choque con la objetivo de provocar y estimular una reacción inmediata al auditorio presente.

Todas las obras de Carlos estuvieron principalmente dirigidas a los sentidos usando la sobrevaloración de la imagen visual como su lenguaje principal; es esencialmente la forma como se hace uso de la imagen, donde radica la espectacularidad de sus montajes. De allí podemos recordar las imágenes del “Coronel no tiene quien le escriba” con su mágica lluvia, recuerdo que cuando la vi pensé que la lluvia en algún momento podía mojarme, y eso era parte de la esencia de las obras de Carlos, su poesía nos tocaba y nos hacia ser parte de ella.

Carlos Giménez vislumbró y entendió cabalmente que para llevar a la escena una obra no era necesario simplemente agrupar a los actores y que estos dijeran sus diálogos. “Carlitos” supo que la obra tenía que convertirse en poesía,  el texto deja de ser texto  para convertirse en metáfora, pero sin que por ello se vea obligado a renunciar las soluciones teatrales, propias del equilibrio en el ejercicio escénico. Carlos hizo Teatro Moderno en el mejor sentido. Conjugó espacio ficticio y múltiple, actores de primera y un juego escénico brillante que le permitieron ser un poeta constructor de sueños.

El Coronel no tiene quien le escriba. 
En Carlos todo era teatro, él era y será teatro, su vida fue ser y hacer teatro… hasta sus gatos Clorilene y Sada eran como actores teatrales… Carlos Giménez fue el creador del Festival internacional de Teatro de Caracas, del grupo Rajatabla, del Taller Nacional de Teatro, del Centro de Directores para el Nuevo Teatro y del Teatro Nacional Juvenil de Venezuela. Realizó más de 80 montajes, dirigió obras en Argentina, Estados Unidos, México, Perú, España, Rusia, Italia y Venezuela. Sus espectáculos participaron en los más prestigiados festivales internacionales de teatro del mundo. Montó textos de Shakespeare, Calderón de la Barca, Lope de Veja, Valle-Inclán, Visen, Gabriel García Márquez, Fernando Arrabal,  García Lorca, Beckett, Brecha y Tolstoi entre otros.
1993 fue el año de su partida… o mejor dicho de su retiro.

La Tempestad.
Mañana 13 de Abril cumple años Carlos, de seguro estará en el cielo con su amada hermana Anita Giménez de Llanos (otro gran personaje del teatro y la producción teatral) elucubrando un nuevo montaje celestial, ¡Qué suerte tienen los ángeles  en poder disfrutar las ideas y los montajes de Carlos!

“Carlitos” no te podemos olvidar… jamás…
Carlos Giménez.

Por Félix Esteves
Caracas 12 de Abril de 2012



[1] Arce, Jorge Luis. El teatro en Córdoba antes del golpe militar del 76: algunas consideraciones sobre los 60, los 70 y los 80.
[2] Arce, Jorge Luis. Ibídem.
[8] Miranda, Antonio. Tu país está feliz. – 10 ed. En Español. -- Brasilia: Antonio Miranda, 2001.
[9] Ibídem.
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